Soy un joven periodista que decidió dejar su trabajo estable en los medios de comunicación, en búsqueda de cumplir su sueño de dar la vuelta al mundo. Todas mis experiencias son difundidas mediante textos e imágenes que cuentan con una perspectiva propia.

 

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© 2016 por Danel Ayesta. Producida con Sueñosdemochila.com

Colombia: El plebiscito y la NO sorpresa

 

 

En Macas, Ecuador, instalado en las inmediaciones de una comunidad Shuar, seguíamos de cerca con otros viajeros la votación para determinar si había acuerdo “de paz” o no entre el estado y las FARC. El “NO” causó sorpresa, pero una vez instalado en tierras colombianas, basándome en la voz de cada conductor, de cada familia que me abrió las puertas de sus casas, comprendí la negativa.

 

Es un texto sumamente sensible, difícil de escribir. La guerra tocó de cerca ya sea directa o indirectamente a muchos entrevistados que me abrieron las puertas de sus casas en zonas donde hasta hace un año continuaban registrándose enfrentamientos armados que dejaban como saldo víctimas inocentes.

 

Un conflicto político, entre el estado y grupos guerrilleros, y en el medio pueblos, zonas rurales, con terribles historias sangrientas pero con ganas de cicatrizar la herida, por lo menos un poco. Así lo marcaron las estadísticas por los pagos de Chocó, Vaupés, Cauca, Putumayo, Nariño y La Guajira, ampliamente a favor del “SÍ”, aunque lejos de mi vivencia, de los cara a cara que mantuve.

 

 

Santos, actual Presidente de Colombia, y Uribe, ex mandatario que supo tener como ministro de defensa a su actual sucesor, en búsqueda de sacar tajada con sus respectivos equipos y frases controvertidas como “Sí a La Paz” o “No al Acuerdo”. En el medio, muchas cláusulas polémicas del potencial acuerdo en su mayoría ignoradas.

 

 

A las urnas acudió alrededor del 40% de la ciudadanía y por un margen estrecho el resultado fue “NO”. De todas maneras Santos, que recibió el premio Nobel de la Paz, desestimó la votación al asegurar posteriormente que “una creciente opinión señala que el Congreso es la instancia más idónea para refrendar el acuerdo de paz”:

 

 

“Todos sufrimos a las FARC ya sea directa o indirectamente”, aseguró Jorge, conductor que me trasladó de Popayán hacia Silvia, “La Suiza de América”, que se encontraba en su vivienda cuando una bomba casera arrojada por grupos subversivos explotó generando una grave herida en su brazo y pérdidas materiales. Me dejó entrever que aquel fatídico desenlace, acabó con la vida de su esposa.

 

“Diez años atrás, por esta zona, las FARC no te dejaba trabajar, te quitaba el negocio o bien te secuestraban un hijo y pedían rescate o lo sumaban a sus filas”, explicó el vecino seguidor de Uribe. “Él redujo de 30 mil a 7 mil hombre, a puro tiros”. Al ser consultado sobre patrimonio de la guerrilla, fue tajante. “Manejan el negocio del narcotráfico, teniendo en zonas rurales gran cantidad de cultivos de marihuana y cocaína”.

 

Con Juan, misionero que me dio hospedaje en un complejo visitado por Simon Bolivar cuando deambulaba por el Departamento de Valle del Cauca, visitamos diferentes sectores en donde se producían enfrentamientos armados. “Mucho sufrimiento por esta zona, difícil de asimilar”, reflexionó y recordó sus años en el Ejército Nacional de Colombia. “Una vez abatieron a un miembro de las FARC y vi como tenía apretado el fusil. Tiraban hasta último momento”, recordó.

 

 

 

Alejandro, mientras conducía su vehículo adaptado producto de un accidente que le generó la pérdida de su pierna derecha, con vehemencia criticó el acuerdo. Habló de su tío, de cómo lo asesinaron, y de las veces que miembros de la guerrilla acechaban a su familia para obtener beneficioso, mientras transitábamos por el “Trampolín de la Muerte”, una peligrosa ruta que une en sus 80 kilómetros San Francisco con Mocoa.  “Yo me conozco todos los rincones de este sector y viví en carne propia cuando las FARC venía a comer al restaurante de mi familia amedrentando. No teníamos otra opción que respetar sus reglas. Así y todo lo lamentos”, dijo Ale, sonrojado al igual que otros consultados, sin ánimos de explayarse pero con una expresión de tristeza que hablaba por si sola.

 

La ciudad costeña de Buenaventura, fue de las más castigadas a nivel nacional. Es considerado como el lugar más peligrosos de Colombia, con cifras alarmantes que alcanzan un promedio de 2 asesinatos cada 3 días. Impactante ver a periódicos como muestran una reducción de muertes dentro de números escalofriantes en una zona portuaria, pero con limitado servicio de agua potable.

 

 

Buenaventura busca contener a los turistas en su epicentro, donde funcionan dos hoteles de lujo con piscinas y magníficas vistas del puerto. En las afueras, los habitantes afrocolombianos sostienen la vida con simpleza, con alegría. “Aquí podes caminar por donde sea que nadie te hará daño. El problema es la guerra, son las bombas; los actos terroristas", que han dejado como saldo centenares de víctimas, inclusive una amiga de mi Couch. "Entré momentáneamente a un comercio y cuando salí por la explosión, estaba tirada en el suelo sin poder pararse, destruida", recordó Jenny una noche de jueves, mientras observábamos una película titulada “Sicario”.

 

 

 

Omar, desde Ibagué, avaló las reflexiones adquiridas en mis estadías, al igual que su mamá. Mi actual anfitrión señaló que en su mayoría los jóvenes no heredan los rencores y se fían en la inmediatez del trato en la información. La familia relató situaciones perversas cuando estaban radicados en un pueblo cercano a Bogotá llamado Venecia. “Armaban trincheras para proteger a los niños. La guerrilla te pedía información y te mataba si no se las daba. Si se las daba, te mataba los paramilitares y nadie podía hablar con el ejército nacional”, señalaron y recordaron un desenlace de elevadísima crueldad.

 

“Las FARC hizo que la alcaldía construya un jardín comunitario entre Venecia y Cabrera, pura zona de narcotráfico. Lo hicieron y el día de inauguración delante de los niños, acribillaron al padre mientras se ponía la sotana. Lo acusaron de ser paramilitar (otro grupo subversivo)”, señaló Flor, una abuela que a pesar de los años mantiene latente los recuerdos. “Recuerdo la toma guerrillera. Nos debíamos quedar en casa. Golpeaban las puertas buscando afiliados y corríamos el riesgo de ser asesinados”, concluyó.

 

REFLEXIÓN

 

No me puedo poner en la piel de una persona que sufrió directa o indirectamente la guerra. Por suerte estoy lejos de ocupar ese rol. Lo cierto es que la gran mayoría del pueblo colombiano sufrió directa o indirectamente este enfrentamiento que tiene a dos figuras principales: Estado y Grupos guerrilleros.

 

El sonrojo y la vehemencia generaron que comprenda más a la gente. Para los más grandes, que la vivieron en carne propia, resulta muy difícil que la herida cicatrice y muchos señalan que el “Si a la Paz” no pondrá fin a la guerra, porque existen otros grupos subversivos e intereses económicos de las FARC que no estarán dispuestos a desprender. 

 

 

 

También entiendo que el sistema mata, claro, de forma más sigilosa. Con desigualdad social, que abunda también por esta tierra muy rica pero con gente que al igual que en otros sectores de Latinoamérica “se muere de sed y hambre”, reconocen varios entrevistados. Según Unicef, uno de cada diez niños sufre desnutrición crónica en el país cafetero.

 

Desde los pequeños actos, desde lo genuino que no busca una tajada, una porción de la torta, se puede cambiar la vida de las personas o por lo menos incentivar un espíritu crítico que contribuya a mejorar la situación. El compromiso, sin indiferencia, sin desinformación. ¡Que la guerra no nos sea indiferente!

 

 

 

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