Soy un joven periodista que decidió dejar su trabajo estable en los medios de comunicación, en búsqueda de cumplir su sueño de dar la vuelta al mundo. Todas mis experiencias son difundidas mediante textos e imágenes que cuentan con una perspectiva propia.

 

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Acerca de mí

© 2016 por Danel Ayesta. Producida con Sueñosdemochila.com

"La conozco muy bien: sufrí un accidente que me dejó discapacitado"

 

Alejandro conoce muy bien la ruta denominada “el trampolín de la muerte”. Allí vivió los momentos más significativos de su vida. Entre los 9 y 16 años vendía empanadas en los colectivos que recorrían la distancia de 80 kilómetros entre San Francisco y Mocoa (Popoyán, Colombia), con el objetivo de ayudar a su familia. “Ellos tenían un restaurante sobre la vía, pero no alcanzaba y también tuve que salir a cortar leña”, recuerda este padre de 35 años, mientras conducía su vehículo especialmente adaptado por el ripio que años más tarde le regaló el peor momento de su vida.

 

Ser pasajero de Ale no fue sencillo al principio. Respondió a mi pulgar alzado en una carretera muy difícil, poco transitada. No paró a la par, sino unos metros más adelante que recorrí con mucho entusiasmo y energía; estaba hace 2:30 haciendo dedo sin éxito. Lo saludé y le pedí si me podía alcanzar hasta Mocoa, recibiendo como respuesta una silenciosa y prejuiciosa mirada. “Si lo incomoda siga”, le sugerí y respondió de modo interrogatorio: “¿Qué llevas en la mochila?”. La respuesta “ropa” lo relajó y me dio el ok.

 

 

Cuando abrí el baúl para poner mi equipo encontré una silla de ruedas. Pensé que la estaba trasladando hacia un lugar, pero tiempo después confirmé que era de él. Ni bien me subí al vehículo me dijo que esa ruta la conocía muy bien porque lo había dejado discapacitado. Ahí entendí y observé que le faltaba su pierna derecha, lo cual no le impedía manejar muy bien sobre el peligroso ripio que tantas vidas se cobró. “Igual tranquilo. Conozco cada curva como la palma de mi mano”.

 

Resultó que 9 años atrás Alejandro iba en una camioneta que cayó parcialmente por el impactante precipicio y terminó con graves secuelas. Las cintas a la vera del peligroso estrecho camino de ripio dan testimonio de muchas muertes. “Recuerdo de chico haber presenciado la de 1991. Ahí se produjo un derrumbe que dejó como saldo más de 100 fallecidos”, contó la víctima, cuyo accidente y el amor de su enfermera resultaron disparadores para una mejor vida. “Me enamoré de quien me practicaba las curaciones. No tenía nada y sin embargo me acompañó, me apoyó”, reconoce con nostalgia.

 

 

Ale no se quedó postrado en una silla de ruedas. Salió a luchar por sus tres hijos con el acompañamiento de su flamante pareja. Continuó trabajando con consolas de videos juegos e invirtió su indemnización de tal manera que le genere réditos económicos. Es accionista de una empresa de transporte de pasajeros y ahora está en búsqueda de un título universitario transitando el sexto semestre de la carrera Administración de Empresa

 

En la tercera categoría de estudios Alejandro ejerce una militancia “para buscar una mejor inclusión social” y tuvo varios logros en un país “muy retrasado en cuanto a políticas para la gente discapacitada”. En Colombia el estado no aporta ningún tipo de subsidio ni plan y dentro del ámbito académico, en muy poco tiempo, consiguió que pongan una rampa y que adapten un parqueado y escritorio en base a sus necesidades.

 

 

Una gestión e inversión suya permitió que la Universidad tenga wi fi gratis, lo cual lo catapultó a ganar las elecciones para ser miembro de una junta. Desde ese lugar continúa luchando, levantando una bandera que sueña expandir. Una semilla que crece y crece. Que nació de una desgracia y que no tiene fecha de caducidad. “Lucho todos los días por mejorar las condiciones de la gente con discapacidad. Por ahora a nivel departamental, pero procuraré que también se extienda al país”, concluye con entusiasmo.

 

Al igual que “El hombre que levanta mochileros para recordar a su padre”, el primer contacto entre conductor y mochilero resultó un tanto chocante. Luego, con el correr de la ruta, el diálogo resultó ameno y comprobé nuevamente la necesidad que tienen las personas de compartir sus historias con desconocidos que conocen parcialmente en una ruta. El relato de Ale es ejemplificador y me animaría a decir, sin ánimos de generar susceptibilidades: No es discapacitado; le falta una pierna.

 

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